En tiempos recientes, especialmente en los últimos días, hemos observado un fenómeno que ha transformado las dinámicas visuales y creativas de nuestra era: la capacidad de generar imágenes a partir de texto, imitando los estilos de artistas célebres, gracias a herramientas de inteligencia artificial generativa. La facilidad con la que estas plataformas permiten recrear, reinterpretar o incluso replicar el estilo de creadores como Hayao Miyazaki ha suscitado una reacción comprensible entre los artistas visuales, particularmente aquellos que han dedicado su vida a forjar un lenguaje gráfico distintivo y reconocible. La indignación es palpable: lo que para algunos es un simple juego visual, para muchos otros simboliza años de esfuerzo, formación y búsqueda estética.
Como artista visual y docente, comparto esa indignación. Sin embargo, me surge una inquietud que me ha acompañado por un tiempo: ¿qué hacemos con el fenómeno de que numerosos jóvenes (tanto aspirantes como estudiantes) llegan con un imaginario fuertemente marcado por el animé, el cual se refleja de manera natural en su estilo de dibujo? ¿Cómo interpretamos esta apropiación cultural que ya forma parte de su identidad gráfica? ¿Deberíamos rechazarla, censurarla o, en cambio, orientarla hacia nuevas formas de exploración creativa?
Es fundamental hacer una diferenciación entre dos categorías de usuarios. En primer lugar, encontramos a los usuarios esporádicos, aquellos que utilizan estas herramientas de manera recreativa, sin fines comerciales ni requerimientos técnicos específicos. Aunque este grupo es considerable en número, no representa un mercado significativo para los diseñadores o ilustradores profesionales. La mayoría de estos usuarios no estarían dispuestos a invertir en una obra original, lo que significa que no suponen un riesgo directo para la práctica profesional.
En otro plano, nos encontramos nosotros, los expertos. Aquí es donde la conversación se torna esencial. Como creativos, nuestra misión es proporcionar soluciones, conceptos y resultados que superen con creces lo que cualquier herramienta gratuita puede ofrecer. No se trata de rivalizar con la tecnología en su faceta más accesible, sino de evidenciar mediante nuestra sensibilidad, juicio, dominio técnico y pensamiento visual complejo, que lo que hacemos posee un valor único e inigualable. Un valor que el cliente, el público y la sociedad pueden apreciar y reconocer, porque «eso no lo podrían lograr por sí mismos».
Cada vez que un alumno presenta un proyecto elaborado en Canva, debo admitir que siento una punzada de frustración. Esto se debe a que Canva, al igual que otras herramientas con plantillas, simboliza una falta de compromiso con un pensamiento visual más profundo. Como educadores, es nuestra responsabilidad transmitir que la profesion del diseño y la comunicación visual conlleva tomar decisiones, establecer jerarquías, emplear retórica visual, comprender el uso del color, dominar la tipografía y mantener una conexión auténtica con el contenido. No es suficiente con que algo «se vea bonito»; debe tener significado, propósito y fundamento.
El futuro de los creativos no radica en rechazar estas herramientas, sino en superar sus limitaciones. Se trata de potenciar aquello que nos hace únicos: el juicio, la historia, la empatía y la integridad. Cuando un cliente está dispuesto a invertir en algo único, no busca lo que cualquiera puede producir con unos simples clics, sino lo que un profesional puede imaginar, desarrollar y sustentar.
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